Leila, apretujada entre
cuerpos sudorosos y maltrechos, procuraba
trasladar sus pensamientos al nuevo mundo que le habían pintado de color azul.
Una
maldita tempestad les había sorprendido por sorpresa.
La vieja patera era
bamboleada por gigantescas olas hambrientas de destrucción. La destartalada
patera se había convertido en una trampa mortal para todos sus ocupantes. Un mar embravecido y asesino les mostraba todo su poder.
Hambriento y dispuesto a tragarse todo
lo que encontrara en su camino. La
infernal travesía con rumbo hacia lo desconocido, se manifestaba ante los
ojos de sus indefensos ocupantes, como un monstruo imposible de vencer. Leila pensó que una vez más, Dios les había
abandonado por completo. Una travesía condenada a no llegar a ninguna parte, sin esperanzas y sin destino, predestinada solo a los más desfavorecidos de la
tierra.

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