Érase una vez una joven
entusiasta que amaba la vida. Se sentía
afortunada por lo que ésta le ofrecía.
Siempre parecía sonreír a su favor. Cada mañana al levantarse le daba las gracias por todo lo que le regalaba. Cada instante estaba
preñado de momentos sencillos y maravillosos. Un día la vida la visitó sin
previo aviso, cuando la joven radiaba más felicidad que nunca. Esta vez su sonrisa de
siempre se había tornado en la más cruel
y despiadada de las muecas. Su nuevo aspecto heló la sangre de la joven. Le
abofeteó con furia, con alevosía y le rompió el alma, sin ninguna vacilación.
La joven cayó fulminante ante ella. En
un abrir y cerrar de ojos, la despojó del don más maravilloso y valioso que ella le ofreció
siempre… Las ganas de vivir. En definitiva le robó la” vida”. La fragilidad devoró al instante cada fibra en cada miembro
del cuerpo de la joven. La
fragilidad se hizo dueña de su voluntad.
La insensatez y la incredulidad pasaron a ser su única prioridad. La joven, frágil
como un cristal, frágil como una mariposa en un día de lluvia hundida, frágil como un copo de nieve bajo los rayos intensos de un sol
enemigo, se hundió en brazos de una luna negra. La joven renunció a vivir. Se sintió frágil para luchar y buscar nuevos caminos y se refugió en las tinieblas
de tristezas. Todo en ella… era una pura
fragilidad.
La vida siempre emprendedora esperó
un tiempo. Sabía que aquella joven enamorada de ella, debía volver a sentir
todas las maravillas que aún tenía que ofrecerle. Comenzó a desafiarla, a perseguirla hasta la
saciedad. La joven no parecía mostrar
ningún interés. Su cuerpo solo respondía a las necesidades más elementales de la naturaleza. Parecía una
estatua hueca, dotada sólo de movimiento. La vida sabía, que eran contadas
las personas que la aceptaban tal como era. “Todos
la amaban mientras les sonreían” pero también” la odiaban cuando les
daba la espalda” y aquella joven parecía
haberla desterrado de su corazón.
La vida no se resignó a ver aquella joven pasar de
ella. Insistió e insistió hasta
encontrar una grieta en el alma de la joven. Se coló sigilosa y con toda
su grandeza a flor de piel, plantó la
semilla de la esperanza dentro de
aquella alma arrugada y sin vida. La joven percibió aquél resquicio de luz y como una mágica
luciérnaga se debatió por salir de aquel
pantanal lleno de oscuridad. Un
halo de aliento sopló desde lo más profundo de su corazón e hizo brotar en ella
la semilla de la esperanza que la vida había depositado cerca de su alma. La árida tierra putrefacta
que mantenía a su corazón preso entre el dolor y la locura, explosionó
en tierra fértil, abonada por hermosos recuerdos.
Y… como un gigante la joven se alzó victoriosa,
dispuesta para volver a mirar de nuevo a
los ojos desafiantes de la vida. Comenzó a retarla día tras día… Le plantó cara a las inquietudes, a los obstáculos, a los miedos, a la tristeza y
a la soledad y a todo lo que conllevaba” vivir”. Aprendió a canalizar y a proyectar el dolor y la frustración que
sentía, a vivir su presente y soñar con lugares insólitos y desconocidos donde podía
ser feliz.
Había pasado el tiempo, la vida se sentía orgullosa de las proezas de la joven. Intrigada y satisfecha, un día volvió a presentarse ante ella y le
dijo:- Te confieso que tenía dudas de que volvieras otra vez a mí, pensé que te
cansarías de retarme.
La joven frente a ella, erguida y con la mirada desafiante le contestó: Te llevaste mis ganas de vivir, me robaste mis sueños, aniquilaste mis
ilusiones, mi vitalidad y mí alegría, y como
ves, hasta mis pupilas se me han secado de tanto mirarte a los ojos…….pero se
te olvidó lo más importante. Mi alma
tiene vida propia, y como ves en ella, ha vuelto a germina la semilla de la
ilusión y la esperanza. Con mis recuerdos más hermosos y un presente reconciliador te plantarte cara cada día de mi
vida. Junto a ellos y la fuerza de mi indómito corazón, seguiré retándote cada día de mi “NO” vida,…porque TÚ, me has
enseñado… que cuando TÚ, decidas será tuya.

