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miércoles, 19 de marzo de 2014

" VEINTICINCO"


Las primeras palabras llegaron a los oídos  de Julia como dardos envenenados: –“Lo sentimos, tienen veinticinco días para abandonar su casa”. Mientras aquel hombre trajeado seguía hablando como un robot programado, la tragedia  caló en la mente de Julia como gotas de ácido. La voz  llegaba a sus oídos como  zumbidos lejanos. De pronto, una grotesca sombra negra surgió de la nada y la engulló por completo. Cuando  abrió los ojos, miró a su alrededor… El hombre  sentado tras la mesa seguía en su puesto dispuesto a seguir degollando sueños y esperanzas. Derrotada dobló la carta y como una sonámbula se dirigió a la salida.  Una  bofetada de aire frío  le surcó el rostro. De repente pareció como si muchas primaveras sin flor la hubieran triturado sin compasión. Con su mundo desbaratado  y  la sonrisa congelada Julia deambuló sin rumbo hasta que el crepúsculo comenzó a reptar por la ciudad  y le recordó  su negra realidad.  Caminó sin prisa hacia su casa. ¡Su casa! Su rostro se inundó de lágrimas amargas. Caminó entre la gente como una autómata. Las luces jugaban unas con otras creando siluetas fantasmagóricas. A lo lejos  un perro ladró. Sus ladridos la conmovieron. Ella también ladraba en su interior. Reconoció el ladrido  de auxilio, de soledad, de hambre y de frío.  Se lo imaginó  deambulando al igual que ella, buscando un lugar donde guarecerse de la impávida  noche de invierno.  Seguramente algún desalmado lo habría abandonado a su mala suerte. Solo los desalmados  eran capaces de rematar a las desdichas. Cuando se dio cuenta estaba frente al portal. Aunque lejanos, los ladridos del perro aún se escuchaban como quejidos rotos. Todo  le pareció distinto. Allí, en medio de la entrada se sintió una desconocida, peor aún, una don nadie.  Miró las escaleras. Parecían que se habían multiplicado al igual que su desolación  e impotencia.  Infinitas. Desanimada comenzó a subirlas.  Una,  dos, tres, cuatro,   otra, otra y otra… hasta llegar por fin a la última… y  veinticinco. Ni uno más ni una menos.   Lanzó al aire un reproche  ¡ otra vez el maldito número!. Casualidad, mala suerte, el destino. Que más daba. El ultimátum  había sido dado y recibido. La cara del hombre tras la mesa impasible e implacable se dibujó en su mente como el peor de los  verdugos. Aquella mirada  mecánica. Aquellas palabras estudiadas, ejecutadas al milímetro, aún resonaban en su mente como una sonata macabra.  En los ojos del hombre  no había  ni un ápice  de culpa, ni un amago de piedad. Aquel hombre con traje y corbata parecía un bloque de hielo. Tras su mirada solo se veían ecuaciones, números y operaciones. Para él,  Ella, simplemente  era un mero trámite; un papel con rostro. Un trabajo más y finiquitado para archivar en sus bonitas carpetas de cuero. La realidad  le había estallado  en la cara al igual que un tsunami.
 El sonido de unas risas de niños por la calle la hizo volver a la cruda realidad que se presentaba ante ella demoledora. Meneó la cabeza para  borrar aquella cara que parecía haberse  tallado con oxido dentro de en su cerebro.  Sacó las llaves del bolso.  Las introdujo  en la cerradura despacio, retrasando el momento de entrar. La puerta cedió. Silencio. Un silencio que desde hacía tiempo se había poblado de fantasmas y  de sabor a desventura.  El olor a hogar de antes, hacía unos meses que se había convertido en un olor putrefacto.  La ilusión, la alegría y las risas parecían haberse suicidado tirándose por la ventana. Colgó el abrigo. Colgó su inquietud. Colgó el hedor de la bienvenida. Pero fue incapaz de colgar su agonía. La agonía del encuentro con la otra realidad. Aquella realidad que se había presentado como un  monstruo silencioso y despiadado al que Julia se tenía que enfrentar desde hacía unos meses. La depresión de Iván.  Entró. Sobre el sofá Iván permanecía inmóvil con la mirada perdida en un punto indeterminado. Contuvo las lágrimas que pugnaban por salir. Allí, tumbado sin voluntad, sin ganas de nada, con la mirada ausente y una mueca inexpresiva, esta él, como un muñeco roto.  Desde que lo despidieron no tenía ganas de nada, se pasaba los días tumbado. Solo  cuándo su mente cobraba un poco de cordura gritaba maldiciendo su mala suerte y no dejaba de  lanzar improperios  dirigidos sabe Dios donde, sus palabras quedaban repartidas por toda la estancia salpicada de malos augurios.  Todo fue más o menos bien mientras Iván cobraba el paro, con ello, tenía lo justo para pagar la  hipoteca.¡ La maldita hipoteca! Y con lo que ella ganaba echando horas pagaban los demás  gastos de la casa.   
 El caos vino una vez finalizado este, todo se convirtió en una marea de problemas y sinsabores.  Con los días las dificultades fueron creciendo hasta tal punto que, ya no pudieron pagar la hipoteca. Estaban con la soga al cuello. Hasta que llego lo inevitable. La carta con la orden de desahucio. ¡ Tienen ustedes veinticinco para hacer el pago de lo atrasado, de lo contrario tendrán que desalojar la casa en el plazo ya mencionado ”. Aquello fue el principio de un buscar y no encontrar salida alguna. Fue cuando la depresión ocupo un lugar por excelencia en la vida de Iván, la cual,  también la arrastró a ella.   Por más que Iván busco trabajo no lo consiguió. Así un día y otro hasta que llego el primer impago de la letra, y el segundo y el tercero así, hasta 6 meses. Mientras tanto, Iván se fue hundiendo en un pozo negro que le fue absorbiendo las ganas de vivir. De la noche a la mañana sus vidas se habían convertido en un infierno. La transformación de Iván fue brutal, la apatía por todo era su único acompañante.  Se sentía un inútil un trasto viejo que ya no servía para nada. Ella, intentaba animarlo pero todo fue inútil. Día a día, la desgana de Iván por todo fue ganándole la partida. La depresión cayó sobre él, como un león agazapado dispuesto a saltar sobre su presa y devorarlo.
Con los recuerdos a pie de guerra, Julia seguía de pie, quieta, en medio de la estancia como una estatua de sal que por momentos se desmoronaría. Sus ojos estaban fijos en aquel cuerpo desmadejado. Cerró los ojos y se regaló  al Iván lleno de vida, de sueños, de proyectos e ilusiones. Un Iván guapo, risueño, trabajador y amante  de la vida. A su verdadero Iván  lo había aniquilado un despido.  Aquel hombre del sofá era una piltrafa humana anulado por la depresión. A Julia le dolió tanto  ver aquel Iván que ya no pudo contener las lágrimas. Las dejó correr a raudales.  A duras penas pudo expulsar su agonía, y a sus pensamientos. Tenía veinticinco  días para adormecer a la amargura, veinticinco días para calmar la impotencia, veinticinco días para guardar sus buenos recuerdos atesorados entre aquellas paredes.
Embutida en sus pensamientos no se había percatado que la mano de Iván caía flácida, casi rozando el suelo. Una inquietud desconocida la embargó.  El corazón comenzó una desenfrenada carrera que le embotó la cabeza por un momento. Un pensamiento asesino  le corrió veloz por la sangre que paralizó todos sus miembros. Un grito de horror quedó atrapado en su garganta. Sólo un suave ¡Dios mío! Escapó de su boca en forma de plegaria. Con ojos desorbitados se dio cuenta que camuflada tras aquella mano que parecía inerte, un tubo de pastillas se mostraba burlón ante ella.  ¡Había pasado lo que hacía tiempo ella  ya sospechaba que podría pasar. La odiosa depresión había ganado la batalla.  El poco  mundo que le quedaba se le acaba de romper en mil pedazos y se mostraba ante ella, cruel, despiadado, demoledor. Seca, como el  más áspero desierto, helada como un permanente invierno, sin flor alguna como una primavera marchita  y   desposeída de toda clase de  sentimiento su  cuerpo  se desmoronó, al igual que un glacial bañado por los intensos rayos de un sol abrasador e impío. Su cuerpo se dejó caer al lado de su Iván.  Julia solo era un cuerpo sin vida, un cuerpo sin  alma.    
Por una extraña razón la carta con la orden de desahucio vagó por las entrañas  del agotamiento y la desesperanza. Julia buscó algo donde guarecerse de tanto dolor. Nada encontró. Busco en sus recuerdos. No acudieron. Quiso llorar. Las lágrimas se resistieron. Entonces su  mente trastocada comenzó un galope desesperado que culminó en una estampida de  veinticinco mil revoluciones  por segundo. La descarga fue mortal. Su corazón colisionó.

Lo  sufrió.  Transitó.  ¿A dónde?  No  tuvo tiempo de saberlo. En un amago sobrenatural… miró a su Iván. De acariciarlo y nada más.  Dulcemente se precipitó a un lugar en el que, solo quizás  fuera mejor…solo quizás...                                                                                                                      

domingo, 2 de marzo de 2014

¡ UN DÍA CUALQUIERA!!



Mientras  bostezo holgazana,  él, con su luz cegadora me desea los buenos días. Me empapo de su olor, de su esencia, de su ternura infinita. Un  abanico de colores y sensaciones se abre  paso ante mis ojos. Me  dirijo a la cocina, él, me sigue como una sombra.  Me encanta ver  su cara de asombro mientras preparo el desayuno. Para él: café y tostadas,  para mí: zumo y crispís. Él, siempre en silencio, yo parlanchina como una cotorra; que si ayer vi una película de terror, que si los rosales están  floreciendo, que  si los cerezos se han secado. Él, no parece darle importancia, su rostro sigue tan hermoso e impoluto como un ángel. Yo insisto ¡Ya sabes aquellos que nos cobijaban mientras nos besábamos!, al contemplar sus ramas inertes, las lágrimas me han visitado. Él, me consuela. Yo lo miro enamorada  mientras acabo mi desayuno, observo que el suyo sigue intacto. Nunca tiene hambre. Me preocupa. Hace tiempo que lo noto ausente.
Me exaspera su mutismo. Quizás mañana suceda un milagro y quizás tenga más  apetito y más ganas de hablar, ¡claro! pero solo quizás...
Debo ser yo, anoche soñé que ya no estaba conmigo, un sudor frío perlaba mi frente ¡Dios que  angustia, ¡menos mal que sólo fue un sueño y gracias a Dios al despertar estaba a mi lado, como siempre…

Claro que no me olvido de arroparme cada noche con las mantas de su recuerdo y el suave roce del embozo de su sonrisa …sólo  por si acaso me asaltan las pesadillas...