Decidida,
cogí mi preciado pasado, lo até fuerte a mi presente y con la maleta
apática de ilusiones, salí en busca
de sueños que pendían embelesados
del el cielo. Formé un nudo con palabras
de las de antes, me despojé de mis inseguridades y partí con el sabor de los sueños en el
paladar. En el autobús mantuve un pulso con los recuerdos, los cogí y
los senté en el trono de mi presente. Éstos se mostraban tiernos y reconciliadores. Generosos me invitaban a
disfrutar de mi anhelado viaje.
Mientras
los kilómetros eran devorados, yo me sumí en un duermevela donde la fantasía me
ofreció su mejor cara; un peldaño de otro tiempo. Me senté en el, y jugué con la utopía hasta cansarla.
La realidad llamó mi atención en
forma de frenazo y la fantasía huyó a sus aposentos para seguir fabricando
sueños.
Al
llegar, mi asombro tomo posición al ver al gran
pájaro del cielo sobre el asfalto. Desafiante y poderoso presumía de su
gran esqueleto metalizado y de sus grandes
alas. La experiencia me abría sus puertas, y yo, entré a corazón abierto.
La
noche se había apoderado del día y bailaba alborozada por mostrarnos todo su
encanto desde lo alto.
Esta
vez me senté en la mecedora de mi pasado y disfruté del presente a manos
llenas. La noche se había vestido de
gala y pude observar desde el cielo, interminables ríos dorados, que teñidos de plata, formaban
una inmensa alfombra de luciérnagas que parpadeaban sin cesar. Parecía que la gran bóveda se había invertido
con todas sus estrellas, al igual que mis sueños.
En
la vuelta, el día tenía los ojos abiertos. Por el cielo las nubes corrían revoltosas
como pompas de jabón. Miré emocionada por la ventanilla. El gran pájaro metálico, atravesó las nubes como una flecha, y yo…
sentí que mi corazón cruzaba el umbral
del tiempo. Tiempo que se mantenía preso entre el cielo y la tierra. Solo fue
un deseo. Pero un deseo dulce que me embriagó el alma, de olores y sabores de
los de siempre. Allí, sentados entre las nubes estaban mis recuerdos.
Sonriéndome pletóricos y enamorados. Invitándome a lazar al vacío, algunas apatías y quejas, que pesaban en mi
vida. Presioné con fuerza a la esperanza entre mis manos. Cerré los ojos
para retroceder en el tiempo y sentir un
efímero y último abrazo. Más vieja en experiencias, y más niña en ilusiones,
agradecí a Dios la oportunidad de balancearme en el columpio de mis sueños y de mis recuerdos. Suspiré.
Un suspiro largo, lleno de añoranza y también de gratitud, por lo que aún tenía en la
vida; Mis hijos, mis nietos, mi familia y mis amigos. La sonrisa me cortejó con fuerza. Me dejé seducir. Y de pronto…el cielo comenzó a desmenuzar poesías como polvos de estrellas sobre mis recuerdos.

