Cuando todos
se fueron, Marta cerró la puerta de casa y empezó a hacerse cargo del silencio y de las sombras. Él ya no estaba allí, ya
nunca volvería a estar, aun cuando en cada rincón estuviera lleno de su esencia y de sus cosas.
Ahora debía comenzar otra lucha: resistir. En aquellos momentos no tenía fuerzas para
vivir: solo para sobrevivir. Construir
una nueva vida desde el dolor de su ausencia le parecía inalcanzable e
inaceptable. La herida estaba en carne viva y hasta el más leve suspiro le causaba dolor. En aquellos momentos pensaba que aquel dolor no la abandonaría nunca.
Se dirigió a
la habitación. Su mirada deambulo por la estancia moribunda de sueños.
La cama parecía gritar su nombre. El lado
donde tantas veces él había dormido, se manifestaba vacío, triste… huérfano de calor. Inmediatamente
supo que no lograría conciliar el sueño, es más, se negaba a ser la
espectadora triste de aquella ausencia tan hiriente y constante que le quemaba el
alma. Notó el sabor de la
incredulidad que emergía demoledora
desde las entrañas y el sabor amargo de la soledad. Sintió a la rebeldía sacudir todo su ser y decidió que ella misma lo llenaría.
Con la
tristeza paseándose por cada átomo de su ser, miró sus cosas. Allí estaban sus zapatillas, su cazadora, sus lápices, sus apuntes, su
gorro, pero sobre todas las cosas estaba su olor. Aspiró con fuerza… Aquel olor tan conocido y tan querido para ella, aún
estaba impregnado en la almohada y por todas partes, entonces incapaz de resistir aquella cruel
ausencia decidió hacerse cargo de aquella parte tan amada por ella. Se puso
su pijama, se acostó en el lado vacío de
la cama, se mezcló en su olor e ignoro aquel otro lado que ella había ocupado, y se hundió en brazos de su
ausencia. Durante un tiempo asumió su vida y se olvidó de la suya propia, aquella
vida que sin él desearlo había dejado tan huérfana como a ella misma. Llenó el espacio de su
cama, se alimentó de sus palabras, bebió del cáliz de la amargura, se durmió en brazos de los recuerdos y
caminó en sueños por cada rincón por donde él había pasado,
para así, poder luchar contra su
dolorosa partida.
Una noche,
cuando fue acostarse, Marta, miró el lado vacío que un día ella había ocupado, y una pregunta asesina
tomo posición en su cabeza, oyó la voz
de su amado que se preguntaba angustioso ¿dónde estaba su mujer? Y Veloz como el viento se levantó de un salto. Precipitadamente
se quitó su pijama lo guardo con cariño y se acostó en aquel otro lado que siempre había ocupado junto a él;
porque por nada del mundo quería que él
la echara en falta, ni que pasara por aquel
dolor tan grande por el que ella estaba pasando.

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