Su venida al mundo fue una bendición para su madre,
para su padre en cambio, fue un castigo de
Dios. Su niñez transcurrió entre la
ternura, el desconcierto y la indiferencia.
Mientras conducía con dirección al pasado, los fantasmas, aún renegados se alinearon a derecha e izquierda. Cínicos
y carroñeros venían dispuesto a reabrir viejas heridas. Los miró desafiante y los exterminó pisando
con furia el acelerador. No les permitiría volver a poner ni un solo stop en
su vida. Las humillaciones y las
desdichas mejor en la cuneta. Al llegar
vio que la puerta estaba abarrotada de gente.
Notó que la humedad la visitaba.
Se entristeció. Después de todo era su
padre. Llovieron miradas sobre aquella desconocida joven, cuyas facciones les
eran familiares. Al verla, la mujer de
negro se levantó y se abrazó a ella con cariño.
Fue entonces cuando todos los presentes reconocieron asombrados, la verdadera identidad de la hermosa
joven. Ana pensó que sin duda alguna su vuelta, daría
que hablar durante mucho tiempo a todas las cotillas del pueblo.
