Era una hermosa tarde otoñal. A no ser por el manto de hojas que
formaban una alfombra gigantesca e interminable se podía confundir con un día
de primavera. La subida fue lenta y fatigosa.
El sol nos bañaba la espalda. Siempre la misma pregunta: ¿falta mucho? Siempre
la misma respuesta; ya falta poco.
El otoño había llegado vigoroso y las veredas de
antaño habían desaparecido por las abundantes lluvias descargadas por
éste. Los aguardos y alguna que otra
pared aún se mantenían en pie para dar
fe, que la mano del hombre había estado en algún momento por aquel lugar que
ahora después de tantos años, se había vuelto agresivo. Después de pelear
contra matorrales, riscos, esparragueras, arañazos, caminar a gatas debajo de
los chaparros y más de una caída, por fin llegamos a la ansiada cima. Casi sin aliento nos sentamos sobre una roca
que se alzaba altiva en medio de tanta vegetación. Nos quedamos embobados.
El paisaje y las vistas eran maravillosas. ¡Había
merecido la pena! La madre naturaleza se
alzaba como una Diosa y su gran cabellera se extendía grandiosa a derecha e izquierda y hasta
donde nuestra vista podía alcanzar; desde allí, los pueblos con sus casas
blancas eran como gladiadores luchando cada cual por sus costumbres y sus
raíces. Los rayos del sol besaban las
aguas de los embalses y algún que otro castillo mostraban su fortaleza de
siglos pasados. La montaña rugía
poderosa. Su gruñido parecía una advertencia por invadir su hábitat más angosto
y salvaje.
Justo en las entrañas se podían ver los madroños ya
vestidos con sus frutos y flores a la
vez, que pedían paso como un árbol anticipado de la Navidad.
La gran montaña nos arropo y las sombras junto a una suave brisa comenzaron a darnos el toque de despedida.
Nuestra lucha había tenido su recompensa. Contentos de nuestra hazaña, nos
dispusimos a compartir nuestro ya de siempre cafetito, esta vez con dulces. Que
decir que la buena conversación fue la reina de la montaña. La tarde languidecía melancólica y el crepúsculo aullaba por llegar. Después
de agradecer al otoño su galantería y respetar su ley, y enorgullecernos de
nuestra “SIERRA CHIQUITA” bajar fue un impulso de vitalidad y alegría con la
mente puesta en seguir descubriendo las miles de bellezas que nuestro pueblo
nos puede ofrecer.


