Percibo mis de sueños bucear
por entre el más absoluto de mis
silencios. Su aliento cálido y su abrumador coraje me invitan a que venza el miedo en el que los mantengo cautivos. Las palabras pugnan por salir del encierro a las que las tengo sometida. Siento
mi respiración descompensada, aleteando al igual que una mariposa fustigada por
una corriente de aire contaminado. Lucha
por sobrevivir.
Miro el reloj, aún es temprano. En mi interior sé que sólo es una excusa para
atrasar el momento de enfrentarme a ellos.
Sus voces me enloquecen. Todos quieren un puesto en aquella locura que
vibra dentro de mí.
Sigo aturdida, sin saber dónde colocar a cada personaje que gritan por salir a luz y
salvarse de las tinieblas de mi parcela prohibidas, excepto el viejo al que le hago un guiño. Su papel
será corto.
Hecho una
ojeada a la mesa del escritorio, todo sigue igual que el día anterior. Los
folios, el lápiz, un cenicero lleno de colillas y unas flores ya
marchitas. En mi cabeza los personajes
esperan expectantes, con los dedos
cruzados y agazapados tras la puerta de mi indecisión y temiendo seguir presos
en las sombras de mi cerebro. Me muerdo las uñas sin compasión, cómo quien
está saboreando un rico manjar debido a
mis nervios.
Los
personajes están preparados, yo diría
que en pie de guerra, a la espera de poder ocupar su lugar, en el hipotético caso que decida darles una oportunidad, ellos sólo quieren eso: una oportunidad. Las palabras
parecen emergí, siento las ideas eufóricas y percibo cómo van formando
un denso alfombrado de frases. En el aire
empiezan a aparecer hadas y duendes.
Por fin noto
a las ganas y la ilusión ganar terreno a mi
temido verdugo; el maldito
miedo. Mi respiración se compensa. Dejo
de morderme las pocas uñas que aún me
quedan. Noto que el poder de mis sueños está
renegando al temible miedo, ya casi
esta fuera de combate.
Subo las
persianas. La luz termina de despejar por completo todos mis recelos. Miro la
cara de satisfacción de las hadas. Un duendecillo muestra una mueca de contrariedad, algo celoso. Lo remedio enseguida dedicándole
una tierna sonrisa.
Me siento en la silla. El paquete de folios palmotea
relamiéndose los labios. El bolígrafo
taconea sobre la mesa. Pongo música, una de mis inspiraciones. Todo
preparado. Invoco a las musas. Abro la
puerta de la mansión de mis sueños y voy colocando a cada personaje en el lugar de su historia.
Aquellos personajes que durante la noche se habían acurrucado a mi lado entre
las sabanas, aquellos que lloraban desconsolados, ahora saltaban y
bailaban dentro de mi cabeza. Me siento,
los coloco frente a mí y cómo en una partida de ajedrez les voy dando su puesto
a cada uno.
Se mantienen
silenciosos, esperando su papel, se conoce la historia al dedillo, ha sido testigos
mudos de mi indecisión. Son fieles y acepta cada palabra impuesta, cada cambio
imprevisible e incluso grotesco. Me
entrego a ellos en cuerpo y alma. Entonces se crecen y me murmuran palabras, versos y alguna que otra estupidez.
Oigo una voz potente que se abre paso
entre todos y me grita “sigue
soñando

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