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lunes, 27 de octubre de 2014

"LA SIERRA CHIQUITA"

Era una hermosa tarde otoñal. A no ser por el manto de hojas que formaban una alfombra gigantesca e interminable se podía confundir con un día de primavera. La subida fue lenta y  fatigosa. El sol nos bañaba la espalda. Siempre la misma pregunta: ¿falta mucho? Siempre la misma respuesta; ya falta poco.
 El  otoño había llegado vigoroso y las veredas de antaño habían desaparecido por las abundantes lluvias descargadas por éste.  Los aguardos y alguna que otra pared  aún se mantenían en pie para dar fe, que la mano del hombre había estado en algún momento por aquel lugar que ahora después de tantos años, se había vuelto agresivo. Después de pelear contra matorrales, riscos, esparragueras, arañazos, caminar a gatas debajo de los chaparros y más de una caída, por fin llegamos a la ansiada cima.  Casi sin aliento nos sentamos sobre una roca que se alzaba altiva en medio de tanta vegetación. Nos quedamos embobados.
El paisaje y las vistas eran maravillosas. ¡Había merecido la pena!  La madre naturaleza se alzaba como una Diosa y su gran cabellera se extendía   grandiosa a derecha e izquierda y hasta donde nuestra vista podía alcanzar; desde allí, los pueblos con sus casas blancas eran como gladiadores luchando cada cual por sus costumbres y sus raíces.  Los rayos del sol besaban las aguas de los embalses y algún que otro castillo mostraban su fortaleza de siglos pasados. La  montaña rugía poderosa. Su gruñido parecía una advertencia por invadir su hábitat más angosto y salvaje.
Justo en las entrañas se podían ver los madroños ya vestidos con sus frutos y  flores a la vez, que pedían paso como un árbol anticipado de la Navidad.

La gran montaña nos arropo y  las sombras junto a una suave brisa  comenzaron a darnos el toque de despedida. Nuestra lucha había tenido su recompensa. Contentos de nuestra hazaña, nos dispusimos a compartir nuestro ya de siempre cafetito, esta vez con dulces. Que decir que la buena conversación fue la reina de la montaña.  La tarde languidecía melancólica  y el crepúsculo aullaba por llegar. Después de agradecer al otoño su galantería y respetar su ley, y enorgullecernos de nuestra “SIERRA CHIQUITA” bajar fue un impulso de vitalidad y alegría con la mente puesta en seguir descubriendo las miles de bellezas que nuestro pueblo nos puede ofrecer.  

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