El
día nos regalaba una apacible y hermosa mañana. La salida fue un chute de
adrenalina, para los que corríamos por primera vez. Con el afán de superación
como zapatillas, y la ilusión por bufanda, emprendimos la carrera. Que decir
que al ver a tanto atleta bien entrenado y veteranos en este deporte, un ¡ Oh
madre mía! se escapó de nuestros labios, junto a un amago de miedillo. La
sierra lanzaba el guante y nosotros lo recogíamos como valientes. El
duelo se comenzó a olfatear por la sierra. Ella poderosa y desafiante,
nosotros con el afán de superación como patria. La sierra respiraba a pleno
pulmón, y nosotros nos contagiamos de su
pureza y el miedo y los complejos se
evaporaron como por arte de magia. Un suave y afectuoso viento, nos acompañó
durante toda la ruta. La madre
naturaleza se mostraba ante nosotros espectacular, generosa y desnuda. Como una
madre amorosa, nos ofrecía sus extensos brazos maternos. Los almendros habían adelantado su floración y
nos saludaba, al igual que una joven damisela enamorada. Elegante, orgullosos y, vestido con sus
recién estrenadas jalas florales. Todo
iba más o menos bien, de pronto, nos
salió al encuentro una presuntuosa pendiente que, altanera vomitaba toda su
bilis. Era hermosa, y también despiadada en su crudeza. Bella y bestia. La jodida,
hizo bien su trabajo. El ritmo de
los participantes cayó en picado y ella, burlona, sonreía satisfecha. Como jabatas tuvimos que recurrir a esa fuerza interior
que siempre se mantiene alerta en nuestro interior. La sierra enseñaba sus
tripas y nosotros nos adentramos en
ellas, cansadas, pero dispuesta a vencerla y dejarnos camelar por su
encanto. Las encinas se balanceaban al
ritmo del viento. Los participantes iban dejando su huella. La madre naturaleza sonreía agradecida,
por el respeto que hacia su hábitat
mostraban todos los participantes. En medio de aquel silencio
reconfortante, nos dejamos enamorar por su entorno y recobramos fuerzas. Un camino menos angosto y menos bravo, nos
recibió amablemente. Con las pulsaciones a mil” y los pies pidiendo clemencia,
saltear charcos fue con lo único que pudimos acallarlos. Entre charco y llano,
llegamos a un cruce, donde unos jóvenes de entre tantos que ha ayudado, nos
ofrecieron algo dulce para reponer fuerzas. Un olé por todos ellos. Bueno ya
faltaría poco me decía. Tengo que confesar, que nunca había ido por allí.
Imperdonable.
Respingamos
al ver, que otra subida nos saludaba.
Ésta era solo peleona. Como mejor pudimos la subimos. Al llegar a la cima, “ subidón". Ya faltaba menos, después de admirar el bello paisaje y respirar atropelladamente;
La bajada. Fue brutal. Las rodillas
gritaban descanso. Pero las ganas de terminar
dignamente la carrera, fue una mordaza contra sus justas quejas.
Justo
al acabar la bajada, otros jóvenes, nos esperaban para animarnos y mostrarnos su solidaridad. La deseada pregunta ¿cuánto queda? Dos
kilómetros, ¡esta chupado! Decían, vitoreando. Fantásticos dando ánimo. Verdad o mentira, fue un
impulso para recuperar las fuerzas.
Por
fin llegamos a Santa Lucia, señal honorífica, de que el final de la carrera
estaba cerca. Adrenalina a raudales. Un pensamiento, Un homenaje y una poesía en
mi corazón. Lo demás no importa, primero o último da lo mismo, lo importante;
participar. ¿ carrera o hazaña?
