Piter seguía escarbando entre la basura bajo una luna
apagada y un cielo estéril de estrellas. El día había estado escaso en
prestarle ayuda y sus manos agrietadas no habían dado con el fruto esperado.
Con el desánimo por bandera y arrastrando los pies como un viejo, se dirigió
hasta aquel, que desde hacía tiempo era hogar. Empujo la puerta con sigilo para
no despertar a los que la suerte se había puesto de su lado, regalándole un día
fructuoso. El hedor a miseria lo recibió como de costumbre en forma de bofetada.
El olor a sudor, a trabajo y a desamparo, le esperaban impacientes entrar por
su olfato para darle la bienvenida. Por el suelo los camastros se extendían por
la estancia, bajo la mirada severa de los desconchones repartidos por toda la
pared. Algunos arrebujados entre mantas viejas y malolientes, daban grandes
tiritones por el frio que destilaba aquel almacén nauseabundo, abandonado por
la mano de Dios. Miró a su alrededor con el sentimiento de la indiferencia como
su fiel compañero. Se dirigió a la gran caja de plástico, que hacía de alacena
al lado de su camastro y depósito el
fruto escaso de lo que sería su comida
para el día siguiente; 8 clavos, 6 latas de aquella bebida que él nunca sabría
su sabor, unos alambres oxidados y 22 cosas más, que no supo reconocer. La
bufanda descolorida que se había encontrado no entraba en el lote. En cuanto
sus ojos la divisaron se la ajusto a su cuello, como un tesoro. Ni siquiera el
olor a moho había conseguido quitarle su alegría y de apreciar el cálido
confort que le proporcionaba a su cuerpo.
Piter se enfundo en su desolación y se durmió soñando
que podía volar y comer chocolate, y jugar al balón, y tener unos zapatos
nuevos y…, desterrar aquel ruido incesante y crónico que desde hacía tanto
tiempo aullaba sin cesar en sus tripas, pero sobre todo, se durmió añorando
miles de deseos, en especial uno: vivir como un niño….Pues despierto siempre
tuvo que vivir como un hombre…



