Juan y
María tomaban el sol sentados con las manos entrelazadas. Él, la miraba
embelesado y le acariciaba el pelo cariñosamente. ¡Su María! Qué distinto
le parecía todo. Aquella plaza donde de chiquillos habían jugado tantas veces ahora se le antojaba rara y solitaria. Desde
que el Alzheimer se instalara en la mente de su María, su vida se había reducido
a vivir sólo de instantes.
Instantes en que la lucidez vagamente se
hacía presente en la mente de su María. Él provechaba cada segundo para repetirle una y otra
vez que nunca la olvidaría, que
siempre estaría a su lado. Ella le sonreía con la mirada ausente. Él, cada vez que vislumbraba un ápice de cordura en sus ojos, lo aprovechaba hasta la saciedad para alargar aquel momento que le regalaba el desgastado cerebro de su María. Sabía que
estaba condenada irremediablemente a regresar a su mundo lleno de sombras. Después otra vez el
vacío y la ausencia se cernían en torno a sus vidas. Y otra vez Juan y María
volvían a perderse como ángeles al caer el sol.

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