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lunes, 26 de noviembre de 2012

LA PLAZA


 Juan y María tomaban el sol sentados con las manos entrelazadas. Él, la miraba embelesado y  le acariciaba el pelo cariñosamente. ¡Su María!  Qué distinto le parecía todo. Aquella plaza donde de chiquillos habían jugado tantas veces  ahora se le antojaba rara y solitaria. Desde que el Alzheimer se instalara en la mente de su María, su vida se había  reducido  a vivir sólo de  instantes. Instantes  en que la lucidez vagamente se hacía presente en la mente de su María. Él provechaba cada segundo para repetirle una y otra vez que  nunca la olvidaría, que siempre estaría a su lado. Ella le sonreía con la mirada ausente. Él, cada vez que vislumbraba un ápice de  cordura en sus ojos, lo aprovechaba hasta la saciedad para alargar aquel momento que le regalaba el  desgastado cerebro de su María. Sabía que estaba condenada irremediablemente a regresar a su mundo lleno de sombras. Después otra vez el vacío y la ausencia se cernían en torno a sus vidas. Y otra vez Juan y María volvían a  perderse  como ángeles al caer el sol.   
                                                                              

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