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lunes, 5 de noviembre de 2012

EL MAESTRO




¡Un  alumno siempre aprende de un maestro! las palabras brotaron libres de la garganta de mi hijo, fulminantes, proféticas ¡Cuanta  razón y  misterio guardaban aquellas mágicas palabras! -,le dije- renuncié a ser alumna para formar parte del ser especial que era el maestro-. Junto  a él aprendí a escudriñarlo, día a día, le desnudé el alma y me alojé cerca, aprendí a ser cómplice de sus aventuras y  sueños que eran los míos propios. Jamás pensé que la alumna perduraría al maestro ¡En la voz quebrada  de mi hijo  se podía oler la impotencia y  el dolor que escondía dentro de su corazón. En sus ojos se podía leer el esfuerzo por aplacar la ira que sentía, como un animal herido. Los gritos de desolación se ahogaban en la parcela secreta de su corazón. Con los puños apretados contenía los deseos voraces de desgarrar el sufrimiento que se palpaba en el aire. Las lágrimas secas se hicieron  presentes, quemándonos la piel, rasgándonos las máscaras; madre e hijo envueltos en un mismo dolor, en una misma pena. Una oleada de gratitud emergió desde lo más profundo de nuestros corazones, para dejar paso a dos almas desnudas, en carne viva, huérfanas de cariño y cubiertas de un manto de soledad. Unas almas dispuestas a construir ilusiones y sueños nuevos. Unas almas  cubiertas con la  más bella túnica. Una túnica confeccionada con los más hermosos recuerdos que les había  dejado “el gran y amado maestro de sus vidas”.

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