¡Un alumno siempre aprende de un maestro! las
palabras brotaron libres de la garganta de mi hijo, fulminantes, proféticas ¡Cuanta razón y misterio guardaban aquellas mágicas palabras! -,le
dije- renuncié a ser alumna para formar parte del ser especial que era el
maestro-. Junto a él aprendí a escudriñarlo,
día a día, le desnudé el alma y me alojé cerca, aprendí a ser cómplice de sus
aventuras y sueños que eran los míos
propios. Jamás pensé que la alumna perduraría al maestro ¡En la voz quebrada de mi hijo se podía oler la impotencia y el dolor que escondía dentro de su corazón. En
sus ojos se podía leer el esfuerzo por aplacar la ira que sentía, como un
animal herido. Los gritos de desolación se ahogaban en la parcela secreta de su
corazón. Con los puños apretados contenía los deseos voraces de desgarrar el
sufrimiento que se palpaba en el aire. Las lágrimas secas se hicieron presentes, quemándonos la piel, rasgándonos
las máscaras; madre e hijo envueltos en un mismo dolor, en una misma pena. Una
oleada de gratitud emergió desde lo más profundo de nuestros corazones, para
dejar paso a dos almas desnudas, en carne viva, huérfanas de cariño y cubiertas
de un manto de soledad. Unas almas dispuestas a construir ilusiones y sueños
nuevos. Unas almas cubiertas con la más bella túnica. Una túnica confeccionada
con los más hermosos recuerdos que les había dejado “el gran y amado maestro de sus vidas”.

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