Su aguijón demoledor me hundió sin piedad en un pozo maldito. Allí,
sólo encontré la nada. Luché contra su veneno, la maldije, traté de aplastarla,
pero ella inmisericorde me ganó la partida. Mientras
caía, perdí mi identidad, mis sueños, mis
recuerdos, mi yo persona y lo más
importante: me olvidé de vivir
El ruido de mis dientes al chocar en el lúgubre suelo de aquel cenagal sin salida,
despertó mi conciencia. Los recuerdos
escondidos en alguna parte
recóndita de mi mente explosionaron con la fuerza de un volcán. Me
agarré con fuerza a la esperanza que se
había mantenido discreta a mi lado. Apelé
a las letras, a las frases, a las
poesías y a las fantasías. Ellas se ofrecieron redentoras, compasivas y dispuestas
a salvarme de la picadura mortífera que fluía por mi mente. Las miré
agradecidas con gratitud. Ahora, camino junto
a ellas, expreso lo que siento, hablo con duendes, con hadas, viajo a lugares
llenos de magia, de emociones y de aventuras, donde no existe el tiempo, ni el espacio,
donde los sueños se pueden hacer realidad.
Esas letras que por sí solas agonizan, juntas son
la esencia de la humanidad. Ellas, mis fieles amigas, las todopoderosas, las
sabias, mis salvadoras...mis confidentes.

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