Juan
apretaba el objeto punzante arropado por la negra noche. Había pensado que había llegado la
hora de pagar su deuda, su pecado y su egoísmo. El tacto del afilado cómplice
dentro del bolsillo, le produjo un escalofrío que avivó sus ganas de llegar
cuanto antes. Como era habitual, ella, estaría
sola y ajena a todo lo que estaba a punto de suceder. Introdujo la llave en la cerradura de puerta.
Entró sigilosamente sin apenas hacer
ruido. Frente al televisor como todas las noches dormitaba una mujer de pelo
blanco y marchitada piel. Juan contuvo las lágrimas mientras sus manos
temblorosas extraía el objeto de uno de sus bolsillos. Se acercó despacio hasta donde la anciana descansaba. Le
acaricio el pelo con cariño. Ésta, le sonrió con ternura. Los ojos verduscos de la anciana, apagados por
la soledad, se tornaron de un verde esmeralda llenos de vida. Frente a ella, su hijo le mostraba un broche tan brillante como una noche de luna. Abrió los brazos y lo acurruco junto a su pecho,
como cuando era un niño.

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