Elena, miraba
hechizada la inmensa bóveda azul. Allí estaba el cielo soñado, añorado, con un azul
intenso, infinito, inalcanzable, maravilloso y victorioso. Adornado de un sol que
acariciaba su rostro sin dañarle la piel.
Un
cielo cargado de sueños, de poesía, de ilusión y esperanza. Se recostó emocionada
sobre la mullida hierba a esperar la llegada del crepúsculo. Quería sentir la magia de la noche
estrellada, de la sonrisa de la luna, y
tal vez, tendría suerte de ver alguna estrella fugaz y pedirle un deseo.
¡El
azul que tantas veces le describió su abuela!, Allí estaba, enamorado,
transparente, cristalino y mágico. Una nube perlada se mecía en el horizonte y parecía guiñarle un ojo. La observó fascinada. Poco a poco la nube se perdió tras una montaña que parecía esperarla para descansar
junto a ella.
La voz de su madre interrumpió su sueño. Se despertó feliz y se preguntó: ¿Qué
induciría al ser humano a destruir tan maravilloso regalo de la naturaleza?
Ahora,
toda su generación estaba condenada a vivir bajo un cielo grisáceo, opaco,
enfermizo, cubierto por una capa tóxica, por la irresponsabilidad de los
hombres. Condenada a no sentir la magia del amor bajo la luz de la luna y las
estrellas. Un cielo, tapado por un crespón más negro que la propia noche.

No hay comentarios:
Publicar un comentario