Recordar al afilador es
rememorar costumbres y ecos de mi niñez.
Aún resuena en mi memoria el sonido peculiar
del chiflo del amolador de antaño, cuando
sobre su vieja bicicleta irrumpía por las calles del pueblo.
Sus alpargatas adheridas a los pedales
parecían bailar al son de la música que producía las tijeras y los cuchillos. Sus
dientes afilados hacían honor a su laborioso trabajo. De la piedra saltaban chispas que parecían briznas de oro que iban a
morir sobre su mandil de cuero. Cuentan
las viejas del lugar que unos cuervos
negros le seguían siempre, quizás atraídos
por su melodía. La superstición
alimento la leyenda del afilador de
cuchillos, que rodeado siempre de cuervos, dejaba a su paso malos
presagios. Con el paso de los años la
leyenda parece haber calado hondo. En muchos pueblos cuando lo escuchan se
santiguan pensado que junto a su melodía,
también trae de la mano a la guadaña. Su llegada aún sigue despertando la curiosidad
de algunos y el miedo de otros.
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