Rutinariamente,
intercambiaron sus pulseras identificas como si
fueran animales. Fransina, aún recordaba el olor a sudor y a destrucción malsana que aquel desconocido desprendía de su apestoso cuerpo.
Las jóvenes lo miraron dóciles y
resignadas. Incautas se dejaron olfatear por una
vida incierta llena de inseguridades y de miserias.
Habían llegado a la ciudad de los
sueños engañadas por un hombre sin escrúpulos y sin alma.
Ellas, sabían
que eran carne de cañón. Las
calles las esperaban sedientas de lujuria y deseo.
Fransina,
esperaba en una esquina de mala muerte que un milagro la salvase de lo que
parecía inevitable. Unos ojos invisibles como dagas la vigilaban.
De pronto una
sombra surgió de la nada, un fétido aliento y unas manos mugrientas masacraron
su inocencia.
Fue un segundo eterno y nauseabundo. Fransina, había bajado al infierno y se habían postraron a los pies del
mismo Lucifer.

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