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sábado, 19 de enero de 2013

ESCLAVAS DEL PODER






Rutinariamente, intercambiaron sus pulseras identificas  como  si fueran  animales. Fransina, aún recordaba el  olor a sudor  y a destrucción malsana que aquel desconocido desprendía de su apestoso cuerpo. 
 Las jóvenes lo miraron dóciles y resignadas. Incautas  se dejaron olfatear por  una vida incierta  llena  de inseguridades  y de miserias.
 Habían llegado a la ciudad de los sueños engañadas por un hombre sin escrúpulos y sin alma.
 Ellas,  sabían  que  eran carne de cañón. Las calles las esperaban sedientas de lujuria y deseo.
Fransina, esperaba en una esquina de mala muerte que un milagro la salvase de lo que parecía inevitable. Unos ojos invisibles como dagas la vigilaban.
 De pronto una sombra surgió de la nada, un fétido aliento y unas manos mugrientas masacraron su inocencia.
 Fue  un segundo eterno y  nauseabundo. Fransina, había bajado al  infierno y se habían postraron  a los pies del mismo Lucifer.    

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