El
grito desesperado de Eva, quedó atrapado entre
las cuerdas vocales dominadas por el pánico. Cuando la voz se abrió paso
entre el miedo ya era demasiado tarde, unas manos mugrientas y fétidas asfixiaron
el grito como una muralla imposible de
traspasar. Estaba en un callejón a merced del deseo de un hombre obsesionado
por mancillar la inocencia de una niña desvalida. Mientras forcejeaba sin aliento,
vislumbró una sombra que se acercaba. Movida
por la esperanza, luchó con todas sus fuerzas contra aquella bestia enfurecida
apestando a alcohol. El hombre miró la escena y aligeró el paso como un
cobarde; sin mostrar un breve amago por
socorrerla. El olor nauseabundo de sus propios vómitos, entremezclados con las
babas de un monstruo miserable y sin corazón, ahogaron el grito que amenazaba
por salir de su garganta. El cielo estaba
despoblado de estrellas, éstas, permanecían ocultas negándose a presenciar la abominable escena.
Eva, se aisló del mundo, ya no sentía ganas de gritar. Se juró, que todo el horror de aquel momento lo
transformaría en un solo y único grito que diera sentido a su vida. Un grito dirigido a todas las conciencias
dormidas de aquellos que cerraban los ojos ante las injusticias practicando el
lema; “sálvese quien pueda”.
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