Llegaba
la Navidad y con ellas las múltiples compras. Juan sentado en la acera intentaba absorber la
poca luz que aún quedaba del azul del
cielo. El crepúsculo aullaba por hacerse presente. Otro día más los transeúntes
pasaban cargados de regalos sin fijar sus miradas en él, dejando sólo unas
pocas monedas en la vieja lata oxidada sin mirar siquiera a quien pertenecía.
Juan aferrado a sus ilusiones seguía creyendo que entre tantos ángeles que revoloteaban de un lado para otro alguno le dedicaría una tierna
sonrisa. Pero no… la Navidad no parecía hacerle un hueco donde posar su desdicha. Resignado se
preguntaba ¿Donde estaban los dichosos ángeles
divinos? ¿Se habían olvidado de él?
Juan como un ángel malherido recogió la vieja lata.
Con la noche como abrigo, y la soledad
como compañera, se encaminó hacia el callejón donde su gran
mansión hecha de cajas de cartón le esperaba como todos los días ¡tal vez
mañana su ángel le sonreiría!
!
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