Chamo no lloró al nacer. Desde el vientre de su
madre ya percibió el olor a odio y a metralleta. El llanto quedó sumergido en su
alma inocente y fue relevado por el fuego de los fusiles. Había cumplido 9 años
y había llegado el gran día. Las lágrimas enterradas emergieron desde el
fondo de su alma contagiada de odio. No lloró al nacer pero ahora lloraba de
emoción ¡Por fin, tendría su fusil!. Salió de la chabola sin volver la vista atrás. Frente a él, tres fusiles
relucientes esperaban ser poseídos, por tres inocentes empapados en odio. Cuando Chamo tomó el fusil en sus manos, lo acarició como a un Dios. Con la mirada fría como el
hielo y el corazón marchito como la más tierna flor... Miró al frente y apretó el
gatillo. Desafiante se abrió paso entre los cuerpos que yacían sin vida. La caza había
comenzado ¡Él era Dios!

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