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sábado, 20 de octubre de 2012

CALOR HUMANO




La visibilidad era prácticamente nula por la niebla.  El impacto fue tremendo. Lo que fuera se había abalanzado sobre el coche como un suicida. Salí del coche precipitadamente. Un perro blanco como la  nieve se encontraba moribundo entre las ruedas del coche. Los  ojos del animal parecían suplicar. Pero ¿qué hacía en medio de la carretera?  La respuesta la encontró en las patas sangrantes del animal  ¡lo habían abandonado! El animal dio un gemido que traspaso a la niebla. No  era  de dolor,  sino de desamparo. Le eche una manta por encima.   De pronto mi sorpresa no tuvo límites.  Los ojos suplicantes del animal se tornaron vivaces como una noche de luna. El rabo comenzó a bailotear y  los gemidos se trasformaron en ladridos de alegría. Comenzó a lamerme la cara agradecido. Comprobé que estaba moribundo de amor, de  compañía y de cariño.

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