Después de pasar días sin dormir e incluso algunos,
de ir más de una vez al servicio, por fin
había llegado el día tan esperado y deseado. La llegada a la concentración fue
un disparo a bocajarro de adrenalina para el cuerpo. En medio de tanta algarabía, dejas que una
sensación de irrealidad revoloteé a placer por tu cabeza y claro… te sientes
como una hormiga.
21,5 de Naturaleza pura. 1059 de desnivel, se
presentaban ante nosotros como un gigante dispuesto a ganarnos la batalla. Si
además de eso, le añadimos que algunas
somos principiantas, el hándicap del miedillo se pegó a nuestra espalda como
una sanguijuela, preparada para chuparnos el ánimo. Sin haber comenzado la
carrera, el nerviosismo nos regalaba unos momentos desleales y las mariposas comenzaron hacernos
cosquillas en el estómago. Un
murmullo ensordecedor propio de acontecimiento, llegaba hasta nuestros
oídos, preludiando la gran participación de grandes atletas. Hombres y mujeres
dispuestos a desafiar al gran dragón de 1059 m. que estaba dispuesto a bramar
su poder y escupirnos su ego por la boca.
Pero nosotros entusiastas de este deporte, le mirados a la cara y como
gladiadores en la arena, peleamos por alcanzar un final que nos hiciera sentir, dignos corredores, de correr o más
bien andar por su hermoso esqueleto. Con
el sudor perlando las frente y los pies gritando, llegamos a la cumbre y
una voz en tu interior grita ¡!! Biénnnn! Te relajas. Respiras a pleno
pulmón. Ellos te lo agradecen.
Seguidamente, miras abajo y el anterior
grito de júbilo… se convierte en un suspiro, al ver que una bajada desnivelada
y abrupta, te mira con ojos melosos e invitándote a cortejarla. Invades su
intimidad, la seduces y descubres que puede ser amable contigo y saboreas el
momento… casi a punto de desfallecer, pero dispuesta a seguir corriendo. Todo
el trayecto es una intensa subida y bajada, donde las rodillas son las grandes
sufridoras. Éstas, resisten como jabatas
y tú, le ofreces una parada como recompensa… a su heroico comportamiento. Que
decir, que cuando te enfrías, algún que otro ligamento o músculo dolorido y
fatigado se hacen presente, para que los
premies con un buen y reconfortante descanso.
Cada vez que
corres, intentas que tus zancadas sean un poco más largas y más sólidas. A
pesar de todo, ningún corredor está exento de sufrir un contratiempo. Correr es una escuela donde la superación y
el esfuerzo son la única asignatura que debemos intentar aprobar. Ella… es la
maestra del corredor. Junto a ella, estoy
segura que podemos alcanzar nuestros sueños y metas o por lo menos acariciarlos con los
dedos. Los limites solo estás en nuestra cabeza. Correr es un reto continuo,
personal e ilimitado. Para mí correr, es disfrutar y poder acabar la carrera.
Correr es como la vida., es superar los obstáculos y miserias que conlleva
vivirla.
Correr,
desarrolla nuestro afán de superación y realza los valores del deporte.
Personalmente cuándo corro, nunca voy sola, en mis pensamientos siempre llevo
conmigo a las personas que quiero y que sin duda son la palanca, que me impulsa
a superar mis miedos y debilidades. Ellos son mis auténticas metas. La vida nos
enseña a caernos y a levantarnos. Correr es lo mismo.
No hay límites. Los límites solo están en nuestra
cabeza.

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