Allí estaba, entre la algarabía propia del
acontecimiento. Hacía quince días que no dormía pensando si podía seguir
confiando en su cuerpo. Durante ese tiempo le había cuidado con cariño e incluso
mimado. Al hacer un leve movimiento,
éste, le mostró un amago de infidelidad. Lo ignoró. Sacrificó unos segundos angustiosos. De
pronto, la gran masa se puso en
movimiento ajena a sus cavilaciones. Después, se lanzó tras los cientos de
corredores, con la esperanza de qué su cuerpo le siguiera siendo fiel hasta el
final de la carrera.

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