Mientras
el sabor ácido corría por sus venas, encendió el ordenador. Necesitaba saborear
una vez más aquel amor sereno e intenso.
Al enterarse sus padres pusieron el grito en el cielo. Desde entonces le
ignoraban e incluso trataban al perro mejor que a él. Ahora, vagaba por las
estancias de sus incomprensiones. Notó el leve mareo. El tiempo era su verdugo.
Conectó rápido el Skype. Su mundo grisáceo se volvió de color. Frente a la pantalla…el hombre de su vida.
Clavó su mirada vaga en aquellos apasionados ojos negros…y dulcemente se perdió
en la negrura de la nada más absoluta.

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