Su
primer encuentro fue gélido, desafortunado y repulsivo. Una relación amor odio,
se impuso inmediatamente entre las dos. Eran polos opuestos. Una, extrovertida
y juerguista, la otra, introvertida y silenciosa. Poco a poco, su enigmática
discreción segregaba en su estado de ánimo, un abanico de encontrados sentimientos los
cuales no podía controlar. Pasaban de la más oscura tristeza, hasta el más hermosos de los oasis.
Cuando
se entregaba a ella, llovía…llovían versos y miles de recuerdos. Buceaba en su grandeza. Descubría lo esencial
de la vida y de la muerte. Aprendió a quererla y le entregó el alma. Solo
cuando el odio se interponía entre ellas; granizaban insultos y reproches. Agravios, que siempre se
estrellaban en las entrañas de aquella
misteriosa dama, llamada; soledad. Siempre fiel…siempre callada y siempre solitaria, en la gran inmensidad de su carismático
desierto.

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