Tardó
veinticinco minutos en bajar las escaleras del sótano. Las piernas atrofiadas por la artrosis,
suplicaban un descanso. Ignoró aquella
llamada legítima de socorro. Debía corregir su cobardía. Empujo
la vieja puerta. Las bisagras oxidadas por el tiempo emitieron un
lamento. Una tela de araña envolvía toda la
entrada, al igual que una novia a la espera que la desposara. Habían pasado cuarenta
años. Las lágrimas afloraron al recordar el día en que juro por Dios, que
jamás lo dejaría ver la luz y lo condenó
a las tinieblas y al olvido. Al entrar
reconoció el olor a humedad, a abandono y sobre todo a recuerdos. Se sintió identificada.
Suspiró. Montones de cajas y trastos viejos se amontonaban. También su ayer
permanecía agazapado entre polvo.
Comenzó la búsqueda. Cada objeto, un recuerdo... un retazo de vida. Pensó en las noches de insomnio que había pasado pensando en el. Ahora había llegado la hora de gratificar su fidelidad. Al abrir el baúl, los recuerdos se
esparcieron y las 86 marchitas primaveras florecieron. Allí,
envuelto en olores afrutados, a pan recién echo, y a vida, estaba su confidente, su amigo; Su viejo libro. Al sentir su tacto, su vida se volvió a resquebrajar al igual que entonces. No dejó paso al dolor y lo mantuvo dormido. Aquel libro
donde había vertido su dolor, sus alegrías y fantasías, se había ganado el indulto y tal vez el derecho de que otras manos lo acariciasen una última vez...solo tal vez.

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