Allí,
sobre la mesa del escritorio parecía un Dios. Desnudo, impoluto, paciente y generoso me miraba con
cara de deseo. Su sensual disposición me invitaba a satisfacerlo. Lo miré con
picardía. Me hice la remolona e intenté no pensar en él. Todo fue inútil. Volví
a mirarlo por el rabillo del ojo. Como era natural no se había movido, seguía
tan disponible y zalamero como al principio. Intenté pensar cómo complacerlo.
Mi bloqueo era total. Pasaron diez minutos, cuarenta, ochenta, cien, Nada. Las ideas se habían
suicidado saltado por la ventana. Volví
a echarle un vistazo, su cara de
decepción era un poema. No aguante más.
Furiosa
conmigo misma comencé a descargar mi ira sobre su cara de desilusión. Mis manos apretaron su cuerpo
con rabia. Lo insulté, lo zarandeé y empecé a estrujarlo y estrujarlo hasta conseguir una bola amorfa y desechable…
y lo lance con fuerza contra el cristal de la ventana.

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