Pero esta vez ella lloro al ver
que llegaba demasiado tarde. Vi, cómo por sus mejillas marchitas se deslizaban las
lágrimas, y, cómo la Luna se posaba sobre su arrugado rostro, marcado por las
líneas de la impotencia, y vi, como un sudor perlado maquillaba su rictus de dolor como estrellas plateadas. Y, cómo la
entristecida noche la envolvía entre las marañas del desconsuelo, y, cómo su miraba se perdió más allá de aquel callejón solitario,
mientras yo me perdía en la nebulosa de la noche cerrada del polvo blanco, y, también
percibí un tierno y último abrazo.

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