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martes, 11 de febrero de 2014

LA TORMENTA


Abrí las entrañas de mis recuerdos, para rescatar a una niña asustada, que sentada a lomos de una burra se aferraba fuertemente a su hermano, bajo un cielo cubierto de nubes que corrían enloquecidas.
Mi madre arreaba al animal, bajo la sospecha que el cielo descargaría rayos y truenos. En previsión, tapó las orejas del animal con unos sacos (atraería a los rayos). Mientras tiraba de la burra rezaba a Santa Bárbara para que nos protegiera de la gran tormenta que parecía dispuesta a castigarnos.
Las culebrillas resplandecían en la tarde crepuscular. El primer trueno sonó como una bomba, el animal dio un respingo que casi nos tira. Nos bajamos y nos pusimos a caminar junto a mi madre. Era la primera vez que yo escuchaba gruñir al cielo con la potencia de un dragón enfurecido. La noche caía inmisericorde. El final del viaje parecía no llegar nunca. La lluvia comenzó a fustigarnos con dentelladas gélidas por todas partes. Los rezos de mi madre se convirtieron en súplicas. Un rayo cayó sobre una encina partiéndola por la mitad. Yo imploraba a Dios que apaciguara a aquel dragón que seguía escupiendo fuego por la boca. El barro se convirtió en verdugo y el viento en aliado, éste comenzó a soplar con una fuerza huracanada y consiguió que aquel dragón furioso volviera a su guarida. Sentí que mi súplica había sido escuchada por aquel Dios lejano, y que aquel anochecer parecía haberse hecho niño para escuchar nuestras súplicas.



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