Abrí las entrañas de mis recuerdos, para rescatar a una
niña asustada, que sentada a lomos de una burra se aferraba fuertemente a su
hermano, bajo un cielo cubierto de nubes que corrían enloquecidas.
Mi madre arreaba al animal, bajo la sospecha que el
cielo descargaría rayos y truenos. En previsión, tapó las orejas del animal con
unos sacos (atraería a los rayos). Mientras tiraba de la burra rezaba a Santa
Bárbara para que nos protegiera de la gran tormenta que parecía dispuesta a
castigarnos.
Las culebrillas resplandecían en la tarde
crepuscular. El primer trueno sonó como una bomba, el animal dio un respingo
que casi nos tira. Nos bajamos y nos pusimos a caminar junto a mi madre. Era la
primera vez que yo escuchaba gruñir al cielo con la potencia de un dragón
enfurecido. La noche caía inmisericorde. El final del viaje parecía no llegar
nunca. La lluvia comenzó a fustigarnos con dentelladas gélidas por todas
partes. Los rezos de mi madre se convirtieron en súplicas. Un rayo cayó sobre
una encina partiéndola por la mitad. Yo imploraba a Dios que apaciguara a aquel
dragón que seguía escupiendo fuego por la boca. El barro se convirtió en
verdugo y el viento en aliado, éste comenzó a soplar con una fuerza huracanada
y consiguió que aquel dragón furioso volviera a su guarida. Sentí que mi
súplica había sido escuchada por aquel Dios lejano, y que aquel anochecer
parecía haberse hecho niño para escuchar nuestras súplicas.

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