Se levantó de la cama con la misma sensación de
siempre. La noche la había pasado en compañía de la hiriente y canallesca compañía
que desde hacía tiempo calentaba su cama. Se arregló y se pintó, cosa que últimamente tenía
olvidado. Cogió el bolso pasado de moda y se fue a la parada del autobús. Tenía
frio o quizás era su hábitat habitual. El
autobús le apareció un surtidor de sueños.
Se subió emocionada. Fue como si las mil primaveras marchitas de su piel hubieran
florecido de repente. Los olores se
entremezclaron con las prisas y la frialdad de muchos. Ocupó un asiento.
Enfrente, un joven. Le cayó bien. Sentía
que tuviera que ser víctima de su locura. Miró al joven con
premeditación. Éste, se revolvió incómodo en su asiento. El muchacho no tendría
más de dieciocho años. El joven le regalo una leve sonrisa, quizás forzado por
las circunstancias. Esquivo aquella mirada densa, que a ella le pareció un soplo de vida.
Por un instante pensó abortar aquella decisión absurda. No le dio opción a la
duda. No podía caer en el
sentimentalismo, si quería llevar a cabo su plan. No quería.
El movimiento del transportador de mil y una noches se
puso en marcha. Era su momento. Nerviosa pero decidida; suicidio a la vergüenza
tirándola por la ventanilla y fue todo
el trayecto saboreando aquella triste
melodía de aquella ausencia alojada en su alma… y llorando por doquier….pero
esta vez en compañía…

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