El deseo de gozar de él
le consumía. La excitación de poseerlo le hacía sudar bajo las sábanas. Su
olor, su tacto, y su sabor le obsesionaban. Era adicta al riesgo que suponía
vivir a su lado, pero lo adoraba. Era esclava
del placer que le proporcionaba su
maléfica atracción. No podía
vivir sin él. Desde que lo dejó se sentía frágil. Lo deseaba demasiado. Se
rendía. Iría a buscarlo, lo acariciaría,
sentiría su fuerza, aspiraría su aroma, cerraría los ojos, abriría la boca… y se entregaría de nuevo a los efectos nocivos de su encanto.

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