La mañana amaneció una
vez más lagrimosa. La dama gris (La Niebla) había extendido sus tentáculos y se había apoderado de toda la campiña. Su halo grisáceo le impedía mostrar su limpio amanecer. La
gran hechicera blanquecina, hacía días que se mostraba desvergonzada por toda
la campiña. Vestida con su inmensa y vaporosa túnica trasparente, dejaba ver su
desnudez envolviendo a cuantos la miraban. La dama vespertina, se exhibía como una Diosa griega. Aunque en sus ojos se
reflejaba un leve rastro de tristeza, (la mayoría la repudiaban) por su aliento pegajoso y su espesa capa.
Sus sutiles alas
flotantes acariciaban a una mañana que,
de mal humor se dejaba besar por los labios gélidos de la gran dama. La gran
Dama albina suspiraba melancólica, mientras su gentil cuerpo comenzaba una danza magistral, haciendo que la
visibilidad fuera prácticamente nula. Sus
poros no dejaban de destilar diminutas briznas plateadas qué, como ninfas
luminosas corrían risueñas a abrazar y a pintar todo el paisaje de un gris
perlado. Ante tanta destreza, la madre Naturaleza no dudó en caer rendida a sus pies,
completamente fascinada. Los cuantiosos cabellos de la gran dama se esparcían
revueltos. Sigilosos marcaban su territorio como una serpiente traicionera. La
gran hechicera gris, miro al cielo con recelo, sabía de antemano que el rey
sol no se conformaría con asomar la cabeza. El, siempre reclamaba su lugar. En el mano a mano éste, siempre
le ganaba la batalla. Esta vez, la gran dama triste, antes que el crepúsculo apareciese
había dado órdenes estrictas a su ejército de ninfas, para que se expandieran e impidieran que el gran astro
la cogiera por sorpresa. Satisfecha comenzó a bailar como poseída. Saltó por
entre los árboles, los matorrales, arrastró su gran mata de pelo por la hierba y se mezcló en las calles, para dejar su huella misteriosa, como toque personal de su maestría.
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario