Ésta vez había llegado
impuntual, pero tan gélido como siempre.
Trayendo su aliento helado, su bilis seca… arañando almas solitarias. Arropado
hasta los dientes, se pavoneaba altanero mostrando su poder. Su gran capa ondeaba al viento, como señal de
que él, era el dueño y señor de su estación.
Taciturno y desafiante miró a la
mañana que, holgazana intentaba quitarse las legañas, debido seguramente a una
mala noche pasada al raso. Las noches sin él gobernando, eran más cálidas y
acogedoras. Con él, las tiriteras eran
frecuentes e incluso las estrellas perdían fuerzas. Al señor Invierno, le gustaba mostrar todo su poder e implantar su ley. El
frío, la escarcha, la nieve, la lluvia, las heladas y los charcos, eran sus esbirros… más predilectos. Durante su
cese se pasaba los días enteros dormitando y muerto de aburrimiento en su
habitáculo oscuro. Cuando se hacía
presente sus interminables manos heladas
y escuálidas, abarcaban cada palmo de su reino. Como soberano de su estación,
dejaba su huella allá por donde pasaba. Le robaba horas al sol, para regalárselas al negro crepúsculo. Imprevisible,
le gustaba acortar el día y hacer
interminables las noches. Su pasión favorita
era dar órdenes sin cesar. Hacía rabiar al sol, que a regañadientes se tenía
que ir a descansar más temprano de lo habitual. Cuando gobernaban las otras estaciones, eran más generosas. Pero
él, era el invierno y no pensaba desaprovechar su tiempo. Ahora… Él era el rey
y tenían que acatar sus órdenes. Él sabía que no tenía el encanto de la primavera, ni la pasión del verano o el glamour del
otoño. Pero sabía, que solo él era poseedor
de la más entrañable de las fiesta;
La Navidad. Era una fecha mágica.
Durante esos días, hasta él se ponía sensiblero. Dejaba de dar órdenes y el
cielo complacido dejaba caer finos copos de nieves que hacían las delicias de
todos, en especial a los niños. Por las
noches las estrellas se vestían de gala para celebra la venida de la Navidad.
Les reunía en torno al fuego y junto al crepitar de los leños, las historias surgían
como por encanto. Las calles se vestían de luces y guirnaldas. La alegría y los
villancicos armonizaban el ambiente y la
humanidad parecía calar en los corazones. El señor invierno anhelaba que este año todo hubiera cambiado. Como gran espectador
en estaciones anteriores, había observado como una gran mayoría de personas cerraba
los ojos ante las miserias del mundo; corazones
rotos, personas bajo cartones, hombres y mujeres sin trabajo, niños sin chocolate
ni pan… Personas que dormían bajo las
sábanas de la incertidumbre. Hombres y mujeres sin trabajo, sin ilusión ni
esperanza, soñando despiertos con encontrar…un
mañana mejor. Él todopoderoso invierno
se enterneció y comenzó a llorar finos copos de nieve. Frenó a la gélida noche
y templó un poco el corazón helado de la noche de Navidad… fijó su mirada en la
estrella de David y pidió un deseo. Qué todo el
mundo tuvieran un hogar, un trabajo, un fuego donde calentarse, pan para
comer y mantas para arroparse… Él también tenía corazón…

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