Salí de mi casa con la mirada apagada,
mirando al horizonte, viendo cómo un sol rojizo desplegaba sus brazos, que con
el peso de las horas huiría.
Llegué a un prado solitario, allí,
escondidas, estaban las calles vagabundas de los sueños.
Las hojas bailaban al compás el viento. Mi
sombra caminaba perdida y sombría.
A lo lejos se oía el sonido del agua de la
ribera. Pensé en él, en todo lo que había perdido y en cuánto lo amaba. El olor a otoño, lastimó mi corazón… una vez
más.
Me senté en una piedra. Mis ojos se
posaron en un alcornoque, éste parecía melancólico.
Mi pensamiento voló en busca de mi amado.
Parecía que aquel afligido alcornoque
adivinara mi pensamiento. Entre sus ramas, creí ver su bello rostro. Un
rostro etéreo como un viento fresco en un
cielo despejado.
Añoré una felicidad pérdida guardada
celosamente en un rincón del alma, en las promesas no cumplidas y en los deseos
aún por consumar.
En
medio de tanto desaliento, no fui capaz de alimentar mi esperanza y dejé que la
melancolía se regodeara en el paladar de su ausencia.
Cuando me di cuenta, las sombras se habían apropiado de la luz del día. Una de mis manos rozó suavemente la
ruda piedra, resquebrada por el tiempo, al igual que mi vida.
El mundo se mostraba ante mí, como una
inmensa tabla de ajedrez en la que tenía lugar una eterna partida entre dos
mundos. El real y el de los sueños.
Me levanté del pedrusco, con la
esperanza jubilada.
Mis pasos se disipaban por el crujir de
las hojas. Las estrellas comenzaron a iluminar la bóveda celeste. El día moría
y en mi memoria siempre él, como el
sueño más remoto y hermoso que me acompañaría siempre. La
noche exhalaba su aliento sobre mí, y yo… le entregaba mi vida entera.

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