La primavera nos regalaba su recién estrenado traje llenos de esencias y colores. El sol, desde su trono, destronó al roció con sus cálidos rayos tintando de sueños el paisaje. Nuestro destino; La Jarilla. Lugar de reencuentro con mi niñez. Una brisa mañanera, bailaba sobre las centenarias encinas. Éstas al sentir su caricia, dejaban caer sus flores formando una alfombras dorada. El recorrido fue ameno y sencillo. En parte del trayecto las jaras se alineaban a derecha e izquierda dando un toque mágico al camino. El paisaje mostraba sus entrañas con orgullo. Entusiasmados admiramos su belleza. Mientras nos acercábamos, la emoción comenzó a aflorar en mi corazón y me hice pequeña en edad y muy vieja en recuerdos. Allí, resguardados tras sus paredes, seguían vigente las escenas de tiempos pasados. Como en una película, vi a mi madre sentada en la puerta zurciendo calcetines, a mi querido padre aparejando un burro, y a mis hermanos poniendo ballestas. Cuántos recuerdos vagando por el aire. Me los guardé para desgranarlos en otro momento. La nostalgia se sentó al borde del acantilado de mi memoria y un brote de inocencia resurgió de mi interior. Me di cuenta que la vida era apenas un instante. Lo sé por experiencia. Desterré unas lágrimas inquisidoras. No era el momento. No todo el mundo puede compartir momentos tan especiales con amigos, como los que yo tengo. Son fantásticos. Al llegar, la amabilidad no recibió, dándonos carta blanca para que pudiéramos ver y disfrutar de todo el cortijo y sus alrededores. La fuente con sus dos caños, aún se conservaba, al igual que años atrás, cuando de niña iba a llenar los cantaros y piches. Sus caños seguían vertiendo ilusión y fantasía. También conservaba macerados en sus aguas algunos sueños de entonces, que a pesar de los años aún siguen marcando mi camino. Los dejé para que flotaran a través del tiempo, al igual que ninfas inmortales. La ermita con sus historias enclavadas en sus bóvedas se dejaba seducir por el tiempo, manteniéndose fiel a su época. Los estanques, seguían atentos al tiempo como tres dragones invencibles. Siempre les tuve miedo, los veía como tres gigantes dispuestos a devorar a quienes osaran invadir sus aguas. Seguro que en sus profundidades aún albergan secretos y miradas de algún que otro enamorado. Testigos del tiempo aguantan la mirada de los días y los sueños de las noches. Su pequeña terraza llena de dibujos que de pequeñ@s pintábamos sobre sus pizarras, siguen soportando las inclemencias del tiempo. Allí, y bajo el hechizo del agua y sobre todo de la amistad, compartimos un café, unos dulces y una buena conversación. Subida en la cúspide de mis recuerdos, añoré las tardes de pan con chocolate y las noches preñadas de fantasías. Nuestra aventura terminaba y con la certeza de haberme reencontrado con mi niñez, volví a guardar mis recuerdos, junto a todos aquellos que la vida me ha ido regalando y también quitando. Eche una última y melancólica mirada, antes de volver a rescatar a la mujer adulta de nuevo y guardé a la niña que siempre llevo en mi interior. Regresamos encantados por la experiencia. Que decir que traigo las manos llenas de ternura y recuerdos, no exenta de alguna que otra sombra. Gracias amigos! Sois la banda sonora y principal de cada recorrido.
Decir que ni mirando desde la mirada de mi niñez, soy capaz de comprender los misterios de la vida. Solo sé, que el único misterio importante es el del corazón…El siempre nos llevaran a la verdad y nos revelara el verdadero significado del amor, la amistad y quizás el de la vida.


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