Elena,
sentada en lo alto de su agonía, observaba
al crepúsculo que de puntillas daba toques a las puertas del atardecer, para hacerse
presente con su capa color azabache. Las últimas veinticuatro horas había
permanecido en silencio, sopesando que hacer con su vida. Cuatro malditas palabras bastarían
para escapar de aquel infierno en el que se había convertido su vida.
Cuatro palabras liberadoras, que le ayudarían a sacarla de aquel pozo de locura, de autodestrucción y de amargura. Su
alma lacerada pareció fundirse en el silencio dormido de aquella habitación. Se
dejó mecer por sus sueños… se dejó arrullar por la fantasía… su alma se
quedó embelesada en la melancolía
que destilaban las paredes de su fracaso. Se sentó en el diván de las poesías…
se premió con mágicas palabras…se miró
al espejo…el moratón había adquirido un color violeta. Añoró a la mujer de
antes…de antes de…unas lágrimas se deslizaron por su mejillas, aún no entendía
cómo le quedaban. Cogió la polvera y comenzó a maquillarse con cariño…por un
instante creyó ver aquella mujer de antes…y se gustó… se quiso. Entonces, recorrió
las llanuras de la ilusión. Se sentó en el rincón del recuerdo, hasta trepar
por las escaleras de la esperanza y solo entonces, se atrevió a salir a la
vida. Con pasos seguros llegó hasta el hombre, con nombre; Canalla, apellidos maltratador, machista y ordenó
con fuerza a sus cuerdas vocales a
gritar las cuatro palabras, que desde hacía tiempo le estaban quemando la garganta,
arrugando el alma y arruinándole la
vida. ¡Basta no aguanto más! Y salió por
la puerta dando un gran portazo…
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