Las primeras palabras llegaron a los oídos de Julia como dardos envenenados: –“Lo
sentimos, tienen veinticinco días para abandonar su casa”. Mientras aquel
hombre trajeado seguía hablando como un robot programado, la tragedia caló en la mente de Julia como gotas de
ácido. La voz llegaba a sus oídos
como zumbidos lejanos. De pronto, una
grotesca sombra negra surgió de la nada y la engulló por completo. Cuando abrió los ojos, miró a su alrededor… El
hombre sentado tras la mesa seguía en su
puesto dispuesto a seguir degollando sueños y esperanzas. Derrotada dobló la
carta y como una sonámbula se dirigió a la salida. Una
bofetada de aire frío le surcó el
rostro. De repente pareció como si muchas primaveras sin flor la hubieran
triturado sin compasión. Con su mundo desbaratado y la
sonrisa congelada Julia deambuló sin rumbo hasta que el crepúsculo comenzó a
reptar por la ciudad y le recordó su negra realidad. Caminó sin prisa hacia su casa. ¡Su casa! Su
rostro se inundó de lágrimas amargas. Caminó entre la gente como una autómata.
Las luces jugaban unas con otras creando siluetas fantasmagóricas. A lo lejos un perro ladró. Sus ladridos la conmovieron.
Ella también ladraba en su interior. Reconoció el ladrido de auxilio, de soledad, de hambre y de
frío. Se lo imaginó deambulando al igual que ella, buscando un
lugar donde guarecerse de la impávida
noche de invierno. Seguramente
algún desalmado lo habría abandonado a su mala suerte. Solo los desalmados eran capaces de rematar a las desdichas.
Cuando se dio cuenta estaba frente al portal. Aunque lejanos, los ladridos del
perro aún se escuchaban como quejidos rotos. Todo le pareció distinto. Allí, en medio de la
entrada se sintió una desconocida, peor aún, una don nadie. Miró las escaleras. Parecían que se habían
multiplicado al igual que su desolación
e impotencia. Infinitas. Desanimada
comenzó a subirlas. Una, dos, tres, cuatro, otra, otra y otra… hasta llegar por fin a la
última… y veinticinco. Ni uno más ni una
menos. Lanzó al aire un reproche ¡ otra vez el maldito número!. Casualidad,
mala suerte, el destino. Que más daba. El ultimátum había sido dado y recibido. La cara del
hombre tras la mesa impasible e implacable se dibujó en su mente como el peor
de los verdugos. Aquella mirada mecánica. Aquellas palabras estudiadas, ejecutadas
al milímetro, aún resonaban en su mente como una sonata macabra. En los ojos del hombre no había ni un ápice
de culpa, ni un amago de piedad. Aquel hombre con traje y corbata parecía
un bloque de hielo. Tras su mirada solo se veían ecuaciones, números y operaciones.
Para él, Ella, simplemente era un mero trámite; un papel con rostro. Un
trabajo más y finiquitado para archivar en sus bonitas carpetas de cuero. La
realidad le había estallado en la cara al igual que un tsunami.
El sonido de unas
risas de niños por la calle la hizo volver a la cruda realidad que se
presentaba ante ella demoledora. Meneó la cabeza para borrar aquella cara que parecía haberse tallado con oxido dentro de en su
cerebro. Sacó las llaves del bolso. Las introdujo
en la cerradura despacio, retrasando el momento de entrar. La puerta
cedió. Silencio. Un silencio que desde hacía tiempo se había poblado de
fantasmas y de sabor a desventura. El olor a hogar de antes, hacía unos meses que
se había convertido en un olor putrefacto. La ilusión, la alegría y las risas parecían
haberse suicidado tirándose por la ventana. Colgó el abrigo. Colgó su
inquietud. Colgó el hedor de la bienvenida. Pero fue incapaz de colgar su
agonía. La agonía del encuentro con la otra realidad. Aquella realidad que se
había presentado como un monstruo
silencioso y despiadado al que Julia se tenía que enfrentar desde hacía unos
meses. La depresión de Iván. Entró.
Sobre el sofá Iván permanecía inmóvil con la mirada perdida en un punto
indeterminado. Contuvo las lágrimas que pugnaban por salir. Allí, tumbado sin
voluntad, sin ganas de nada, con la mirada ausente y una mueca inexpresiva,
esta él, como un muñeco roto. Desde que
lo despidieron no tenía ganas de nada, se pasaba los días tumbado. Solo cuándo su mente cobraba un poco de cordura
gritaba maldiciendo su mala suerte y no dejaba de lanzar improperios dirigidos sabe Dios donde, sus palabras
quedaban repartidas por toda la estancia salpicada de malos augurios. Todo fue más o menos bien mientras Iván
cobraba el paro, con ello, tenía lo justo para pagar la hipoteca.¡ La maldita hipoteca! Y con lo que
ella ganaba echando horas pagaban los demás gastos de la casa.
El caos vino una vez
finalizado este, todo se convirtió en una marea de problemas y sinsabores. Con los días las dificultades fueron
creciendo hasta tal punto que, ya no pudieron pagar la hipoteca. Estaban con la
soga al cuello. Hasta que llego lo inevitable. La carta con la orden de
desahucio. ¡ Tienen ustedes veinticinco para hacer el pago de lo atrasado, de
lo contrario tendrán que desalojar la casa en el plazo ya mencionado ”. Aquello
fue el principio de un buscar y no encontrar salida alguna. Fue cuando la
depresión ocupo un lugar por excelencia en la vida de Iván, la cual, también la arrastró a ella. Por
más que Iván busco trabajo no lo consiguió. Así un día y otro hasta que llego
el primer impago de la letra, y el segundo y el tercero así, hasta 6 meses. Mientras
tanto, Iván se fue hundiendo en un pozo negro que le fue absorbiendo las ganas
de vivir. De la noche a la mañana sus vidas se habían convertido en un
infierno. La transformación de Iván fue brutal, la apatía por todo era su único
acompañante. Se sentía un inútil un
trasto viejo que ya no servía para nada. Ella, intentaba animarlo pero todo fue
inútil. Día a día, la desgana de Iván por todo fue ganándole la partida. La
depresión cayó sobre él, como un león agazapado dispuesto a saltar sobre su
presa y devorarlo.
Con los recuerdos a pie de guerra, Julia seguía de pie,
quieta, en medio de la estancia como una estatua de sal que por momentos se
desmoronaría. Sus ojos estaban fijos en aquel cuerpo desmadejado. Cerró los
ojos y se regaló al Iván lleno de vida,
de sueños, de proyectos e ilusiones. Un Iván guapo, risueño, trabajador y
amante de la vida. A su verdadero
Iván lo había aniquilado un despido. Aquel hombre del sofá era una piltrafa humana
anulado por la depresión. A Julia le dolió tanto ver aquel Iván que ya no pudo contener las
lágrimas. Las dejó correr a raudales. A
duras penas pudo expulsar su agonía, y a sus pensamientos. Tenía
veinticinco días para adormecer a la
amargura, veinticinco días para calmar la impotencia, veinticinco días para
guardar sus buenos recuerdos atesorados entre aquellas paredes.
Embutida en sus pensamientos no se había percatado que la
mano de Iván caía flácida, casi rozando el suelo. Una inquietud desconocida la
embargó. El corazón comenzó una
desenfrenada carrera que le embotó la cabeza por un momento. Un pensamiento
asesino le corrió veloz por la sangre
que paralizó todos sus miembros. Un grito de horror quedó atrapado en su
garganta. Sólo un suave ¡Dios mío! Escapó de su boca en forma de plegaria. Con
ojos desorbitados se dio cuenta que camuflada tras aquella mano que parecía
inerte, un tubo de pastillas se mostraba burlón ante ella. ¡Había pasado lo que hacía tiempo ella ya sospechaba que podría pasar. La odiosa depresión
había ganado la batalla. El poco mundo que le quedaba se le acaba de romper en
mil pedazos y se mostraba ante ella, cruel, despiadado, demoledor. Seca, como
el más áspero desierto, helada como un
permanente invierno, sin flor alguna como una primavera marchita y
desposeída de toda clase de
sentimiento su cuerpo se desmoronó, al igual que un glacial bañado
por los intensos rayos de un sol abrasador e impío. Su cuerpo se dejó caer al
lado de su Iván. Julia solo era un cuerpo
sin vida, un cuerpo sin alma.
Por una extraña razón la carta con la orden de desahucio vagó
por las entrañas del agotamiento y la
desesperanza. Julia buscó algo donde guarecerse de tanto dolor. Nada encontró.
Busco en sus recuerdos. No acudieron. Quiso llorar. Las lágrimas se
resistieron. Entonces su mente trastocada
comenzó un galope desesperado que culminó en una estampida de veinticinco mil revoluciones por segundo. La descarga fue mortal. Su
corazón colisionó.
Lo sufrió. Transitó. ¿A dónde? No tuvo
tiempo de saberlo. En un amago sobrenatural… miró a su Iván. De acariciarlo y
nada más. Dulcemente se precipitó a un lugar
en el que, solo quizás fuera mejor…solo
quizás...

Jolín con el número veinticinco... real y muy triste... historia totalmente de actualidad por desgracia.
ResponderEliminar¡Gracias Anónimo! Me ha echo mucha ilusión tu comentario. Yo no se escribir pero tengo una amiga que me anima hablar con ella "mi libreta". Un saludo.
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