Marta se levantó de la cama. Fue a la ventana, la abrió y respiró
profundamente. El aire helado de la mañana despejo los
fantasmas de la noche. Desde la
desaparición de Manuel, se sentía cómo un soldado herido, qué sólo deseaba
volver a su hogar perdido. Ahora, la vida de Marta se parecía a un campo de
batalla. En su hogar se había instalado un silencio que gemía y gritaba. Un silencio poblados de recuerdos que, cómo bombas estallaban en su mente en formas de deseos imposibles.
Su paz dejó de existir desde que Manuel ya no estaba. Manuel era su hogar.
Mientras cavilaba, sus ojos tropezaron con su vieja
libreta.
La abrió. Las lágrimas vertidas sobre el papel habían formado un inmenso borrón que parecían
cadáveres.
Entre las faltas de ortografía, aún se podía leer
algunos versos e historias sin finalizar. Pensó en la guerra, qué, desde hacía tiempo se había ido fraguando en su mente. Hada y duendes que
deseaban mostrarle un mundo de ilusión y fantasía, con nuevos atardeceres y nuevas primaveras. Necesitaba
salir de aquel mundo en blanco y
negro. Volvió a mirar al papel, éste,
parecía sonreírse. No quiso defraudarlo.
Calló rendida a sus pies. Le
ofreció su imaginación y se entregó a la magia de la escritura. Poseída por un
espíritu bienhechor, escribió y escribió hasta completar el libro que marcaría el ritmo de su nueva
vida. Por fin, el soldado había vuelto a casa sin
enloquecer en medio de la sinrazón de tanta barbarie.

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