Al bajar por la escalinata,
su rostro se entristeció
al ver que el mundo moría,
envuelto en desilusión,
un lamento agonizaba
en su garganta divina,
Al ver que muchos hombres,
en la miseria se hundían.
Su madero florecido
de mil claveles y vida,
Se tornó en un sollozo
de noche negra maldita,
y mil lágrimas de sangre
rodaron
por sus mejillas.
En medio de aquel silencio,
que en la plaza acontecía,
el
Cristo escuchó a un viejo
que con fe a él se dirigía:
¡Cristo de las Misericordias!
Caudal de infinita dicha,
Quita estos nubarrones,
Que entristece nuestras vidas,
Calma la desesperanza
de los jóvenes que luchan
por encontrar un camino,
donde sus sueños se cumplan.
El Cristo se conmovió,
y de su florido madero hasta plaza bajó,
Para consolar al mundo,
que moría de dolor.
Su amor infinito y puro,
En el alma nos caló y,
un júbilo de esperanza,
brotó en nuestro corazón,
y un jardín de utopía en la plaza floreció,
donde los hombres se amaban,
Sin razas, ni distinción.
Donde
los hombres…
eran hombres y no jugaban a ser DIOS

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