¡Buenos
días! ¡Buenos días! Las malditas palabras llegaban a sus oídos como dardos
envenenados y a la vez como un manantial de agua viva. Era el pan de cada día.
Él,
llegaba impecable con su traje azul, sus zapatos brillantes y su maletín en la
mano. Rosa, lo esperaba anhelante y feliz sentada tras la mesa como
cada día. Sus miradas se encontraban. Los
ojos de ella, adquiría un brillo
especial al verlo llegar. Los de él distantes y fríos como una noche gélida de
Enero. Pero para Rosa era ¡la hora de vivir! Las diez en punto, ¡hora de la esperanza, Él,
se acercaba con una amabilidad casi hiriente hasta su mesa, le entregaba las cartas
y las facturas como un ritual. Después sólo
un ¡Hasta mañana!¡ Hasta mañana!. Para Rosa era ¡hora de morir! Y, otra vez a
la rutina, a la máquina de escribir, a sus pensamientos, a su soledad, y a su
ocaso despiadado que la engullían a la más completa y despiadada realidad de su desamor….

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