Ella era la conciencia y los
hombres sin ningún pudor la estaban ignorado, hasta el punto de desterrarla a las mazmorras de la indiferencia. Ella,
había luchado con uñas y dientes por hacerles ver, que sin ella estarían
perdidos. Se negaba a estar en un mundo caótico donde nadie parecía escucharla.
Las ansias de poder, las ambiciones y la
falta de escrúpulos, no parecían tener límites. Sus corazones estaban cegados por un velo
de “deshonestidad” que les impedía ver sus malas acciones. La
irresponsabilidad, las mentiras, las falsas promesas, la codicia, y un sinfín de depredadores carroñeros, parecían estar ganándole la batalla. Nadie
estaba dispuesto a pagar. Los errores, las
equivocaciones, los fraudes y las culpas, aullaban como pelotas de pimpón que unos a otros se lanzaban como cuchillos
acerados. Cuchillos que en su trayectorias, revotaban en los más desfavorecidos
de una sociedad, cada vez más desilusionada. Ella era LA CONCIENCIA, la voz de la razón, la luz de la verdad, el
brazo de la justicia, la línea que separaba el bien del mal. Ella, no estaba
dispuesta a permanecer impasible ante tanta depravación, tanta desigualdad y
tanta injusticia.
Fustigaría con más fuerza que
nunca, a aquellos ambiciosos que la estaban destronando de su reino. Los
perseguiría hasta que se dieran cuenta, de que sin ella jamás restaurarían la dignidad y la justicia. Intentaría
hacerles comprender que sin ELLA,
las puertas de la mansión del
caos se abrirían, para dar paso a una Sodoma y Gomorra de corrupción e
injusticia, donde los más perjudicando serían como siempre los más débiles y
necesitados de este mundo…
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