El sol caía impío sobre su maltrecho cuerpo. Los últimos pajarillos que
daban sentido a su vida, hacía tiempo que ya no lo visitaban. Sentía la tierra
árida y abandonada bajo sus pies. Ya, ni tan siquiera podía contemplar el inmenso azul del cielo. Sus
ojos habían sido su último regalo. Los parásitos se habían instalado en su interior e
intuía que su final estaba a punto de llegar. Mientras que los oportunistas depredadores
devoraban su cuerpo por momentos, suspiró feliz por sentirse útil por última
vez. Ante tanta generosidad, su alma desnuda en forma de cruz, comenzó a caminar
como un calvario ondeando al horizonte. Ligero como el viento y sutil como una
pluma, llegó hasta un trigal cuajado de espigas doradas por el sol, donde miles
de mariposas y pajarillos lo esperaban sobrevolando la gran bóveda azul.
Su entrega e ilusión para
con los demás habían logrado el milagro: ser algo más que un simple
espantapájaros condenado a estar por siempre clavado en la tierra. ¡Se había
convertido en un hermoso espantapájaros lleno de vida!
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