Mientras caminaba por la orilla el insinuante olor del mar, la llevo al rincón de sus recuerdos. Sus pies descalzos sentían la suavidad del romper de las olas, por entre las comisuras de sus dedos. Se detuvo y cerró los ojos. Oliendo recuperó la paz que desde hacía tiempo había perdido. Inmersa por el sonido de las olas, recordó el dulce aroma de los abrazos, de los afrutados olores a sueños vividos. Olores y abrazos que ahora, dormitaban en la mansión de su alma.
Dejó viajar a su imaginación a través del tiempo y el espacio e inspiró con avidez aquellas tardes con sabor a besos, a miel y a sueños. Se dejó acariciar por la brisa preñada de quietud y salpicada de un halo de tristeza. El sol brillaba en medio del océano como mensajero de etéreas sugerencias. Sus huellas sobre la arena eran como promesas buscando la efímera eternidad entre las mareas. La mar lamía al día con su fantasía de playas e historias imposibles. Sonrió. Respiró. Ya no podía verlo… pero aún sentía su perfume.
Dejó viajar a su imaginación a través del tiempo y el espacio e inspiró con avidez aquellas tardes con sabor a besos, a miel y a sueños. Se dejó acariciar por la brisa preñada de quietud y salpicada de un halo de tristeza. El sol brillaba en medio del océano como mensajero de etéreas sugerencias. Sus huellas sobre la arena eran como promesas buscando la efímera eternidad entre las mareas. La mar lamía al día con su fantasía de playas e historias imposibles. Sonrió. Respiró. Ya no podía verlo… pero aún sentía su perfume.

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