Mientras caminábamos por entre las seguramente
centenarias encinas, el sol suspiraba
melancólico. El canto de un ruiseñor desplazó su decaído ánimo y éste volvió
presto a su posición, hasta que el
aullido del crepúsculo lo precipitara a
brazos del horizonte, envuelto en una
maravillosa puesta de sol. La tarde,
nos invitaba descarada a que nos sumergiéramos
en las entrañas más hermosas de la
Naturaleza. Después de disfrutar de la
gran flora y de su hábitat, nos dimos el placer de un descanso para saborear unas galletas y disfrutar de una buena conversación. Después
emprendimos la marcha bajo el sonido del agua que corría alborozada en busca de nuevos riachuelos. Dejamos atrás el suave ronroneo del agua y con los rayos del sol acariciándonos la espaldas nos adentramos por lo más angosto del cerro. Era una maravilla para los sentidos disfrutar de aquel paisaje tan maravilloso. De pronto como surgida de un cuento de hada descubrimos una buharda en medio del aquel mágico entorno. Ésta, agonizaba por el paso de los años, pero
aún conservaba su estructura más salvaje. Entre sus ruinas, aún se podía olfatear
el olor de las historias de los que allí habían vivido o se había resguardado alguna vez dentro de aquellas paredes, hechas de abobe y
grandes traviesas de madera de encina. Las sombras acechaban al atardecer y nos
dispusimos a regresar, no sin antes haber llenado nuestros bolsillos de nuevas
experiencias y de haber disfrutado de
una grata recompensa: El haber podido disfrutar
de los misterios de un día de
primavera en todo su esplendor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario